La última cagada de Duque

Efectivamente la canallada más vil que pudo realizar el presidente Iván Duque fue su ausencia en la presentación del informe final de la Comisión de la verdad. Cerró con broche de oro su gobierno miserable. Son pocas las cosas buenas que se pueden contar del mandato de Duque. Sus jugaditas debajo de la mesa, sus ridículos mundiales, sus consideraciones absurdas e infantiles sobre los temas más serios de nuestro país nos permite afirmar con entereza que fue el peor gobierno. No hubo día alguno en donde no nos doliera esta patria que sin piernas transitó por los senderos de la oscuridad, de la muerte incesante hasta poder ver una luz que parece brillar con más fuerza desde el 19 de junio.

 Con su ausencia no quedó duda alguna, a nivel mundial, que su verdadero objetivo fue destrozar la paz, eliminar cualquier camino que sirviera como esperanza para soñar una Colombia diferente. Esa falta no solo fue objeto de rechazo en el Teatro Jorge Eliecer Gaitán, donde se presentó el informe, sino que generó repudio en redes, en los diferentes medios de comunicación alternativos que entendieron la burla que el presidente saliente le hizo a las víctimas, a la comisión, a todos los que estábamos interesados en entender desde la voz de millones de dolientes, espectadores y cercanos a la Colombia profunda, la de los ríos de sangre, la de los cuerpos que no aparecen, la de los lamentos que no cesan una verdad que se atragantaba en las gargantas de muchos.  

No hay forma de describir la sensación que generó las palabras tal vez de tristeza, rabia o simplemente de decepción cuando el Padre Francisco de Roux informó que el presidente estaba invitado, pero que no pudo asistir por cumplir con asuntos internacionales. ¿Qué hay más importante que escuchar al pueblo que lo escogió o lo padeció en la presidencia? Lo peor del caso, es que se comprendió que también le enviaron el informe, pero parece no haberle llegado. Diremos que se enredó en el camino, no afirmaremos que no quiso recibirlo.

Ni el presidente Iván Duque, ni los amantes de la guerra aceptaran la primera petición del informe: “Aceptar la verdad como condición para la construcción colectiva y superar el negacionismo y la impunidad” Aceptar esto es reconocer que han sido en mayor medida los causantes de gran parte de la guerra de nuestro país. Seguir esta indicación es dejar sus banderas de guerra, sus inversiones, sus intereses personales para pensar por primera vez en los otros, en el doliente, en el país. Jamás las personas que han dominado el país desde tiempos inmemorables darán un paso de reconciliación. Su veneno esparcido por todo el territorio, su sed de violencia introducida en la mente de millones de colombianos, los han hecho incapaces de ver con otros ojos, que no estén llenos de sangre, el avance de un país que le tocó volcarse a las calles de forma desesperada, poner muertos, cuerpos jóvenes para que el mundo entero colocara los focos en un gobierno arribista y arbitrario. Una generación de jóvenes que no se dejaron amedrantar ni mucho menos convencer con noticias absurdas y desbocadas de falsedad para no salir a las calles, utilizar sus redes sociales, detener las clases y en las aulas gritar que los escucharán, que los ayudarán a enfrentar a ese monstruo que los oprime con tanquetas y armas letales. Gritaron con fuerza que no daban un paso atrás hasta que se fueran, hasta que se acabaran todos aquellos hombres y mujeres que han hecho de Colombia el patio trasero de sus casas.

El informe de la Comisión de la verdad será el documento sagrado, el documento guía, la biblia que nos permita entender la nueva Colombia. No podrá entenderse este país desde el patriarcado, desde la injusticia, desde el abuso. Ser joven y no apoyar las luchas sociales, los avances en las libertades, la vida misma como un punto para ser felices es ser retrógrado, ciego y parte del mal de este país. Esto no es de respetar opiniones, por ahí ya pasamos hace tiempo, se trata de ser coherentes, concretos y humanos. Se trata como dice la Comisión: “Aceptar que somos muchos –en diversos grados, por acción o por omisión– los responsables de la tragedia”. No más de lavarse las manos, no más de ser pequeños Duques, pequeños centros democráticos, pequeños verdugos de otros solo porque creemos que no hay más camino que la violencia.

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