Yo te dejo ir

Y que cada una de las cosas que amamos seguirá siendo bella

sin necesidad de que nosotros la amemos

Gabriel García Márquez

El último regalo será mi ausencia. Ya no tendrá sentido alguno las joyas, los viajes, las risas ni las palabras. Se esfuman lentamente los recuerdos de las mañanas en la cama, de las noches entre tus brazos y de las tardes en la cocina. No hay misericordia alguna con ninguno de los dos porque ya no queremos volver a cruzar la línea. Ninguno quiere llamar a la puerta y esperar bajo la noche nuestro reflejo por la luz del pasillo que conduce a la morada. No hay marcha atrás. La muerte no solo es la usencia del cuerpo en este mundo, sino que es la distancia que se traza entre dos que un día se amaron. Aunque estén tan cerca que puedan escuchar sus voces, hay una lejanía que demarca un nuevo orden de las cosas.

Te dejo los días con la extrañeza cargada de objetos, momentos, horas y lugares que tienen la impronta de los vestigios de ese pasado que fue presente eterno. Y así son las cosas, nos entregamos esperando estar más cerca de eso llamado felicidad hasta que la fuerza se pierde, la paciencia se escurre, la tolerancia se rompe. Todo se desliza, se derrite sigilosamente hasta que ya no hay ruido alguno que nos despierte de ese anhelo de salir corriendo y escondernos en lo más profundo de nosotros mismos. Desde allí, en el refugio elegido, intentamos ver las ruinas de lo que fuimos. Hay días en los que somos optimistas y queremos reconstruir. Unimos piezas que nos dan una forma endeble que juramos afirmar con lo que solo habita en nuestra mente. Nada podrá volver a ser lo que algún día fue.

El dolor que se encarna por lo sucedido, por la falta de saber sobre tus pasos, pensamientos y caricias, volverá a su punto inicial y ya no habrá más lamentos ni días oscuros, ni tardes nubladas. Que la vida vuelve a comenzar cuando deje de habitar en ti y tú en mí. Siempre hay un remedio que sana, una palabra que alivia, un suspiro que rompe por completo el desorden de los días y las angustias que se generan cuando la mente ya no tiene más en que pensar que en lo que puntea el corazón. Bien lo dijo Gabriel García Márquez: “y, sobre todo, pensar que este amor nuestro tiene que morir, antes de que estas cosas pasajeras estén habitadas por la muerte”. Porque todo fluye como el río heraclitiano, todo tiende al punto de lejanía necesario para luego volver y ajustar de nuevo lo destruido por la derrota del amor.

Victoria y derrota. En el amor siempre uno de los dos perderá más. Siempre uno de los dos está destinado a que le duela más porque apostó lo que no tenía y su consuelo es haberlo dado todo, y con eso intentará entender los días, iniciar de nuevo y sumar una historia más, una narrativa más a su vida. El sol seguirá saliendo en las mañanas y la luna en la noche. Las deudas se siguen acumulando, la música sonará como un fondo necesario para recordar que estás en uno de tus peores momentos. El trabajo sabe amargo y los amigos a veces parecen no serlo. El mundo, el que conocemos, está es su ritmo constante sin querer detenerse por lo mínimo que es para él, nuestra actual derrota.   

* Imagen tomada de @Henn_Kim.

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